DISCURSO DE ASUNCION DE GILBERTO GIL COMO MINISTRO DE CULTURA
Cultura, como dijo alguien no es apenas “esa especie de ignorancia que distingue a los estudiosos”, tampoco es lo que se produce únicamente por los cánones occidentales. Del mismo modo, nadie va a escucharme jamás hablar de folklore. Es que los vínculos entre este concepto y la discriminación cultural son estrechos. Folklore es todo aquello que por su antigüedad no se encuadra en la cultura de masas y es producida por gente inculta “por primitivos contemporáneos” como una especie de enclave simbólico e histórico atrasado en el mundo actual. No existe el folklore. Existe la cultura. La cultura vista como todo aquello que trasciende el mero valor de uso, lo meramente técnico. Cultura como conjunto de signos de cada comunidad. Con esta perspectiva las acciones del ministerio de cultura deberán ser entididas como una luz que revela los signos que hicieron y hacen que Brasil sea Brasil. El estado no hace cultura, el estado crea las condiciones de acceso universal a los bienes simbólicos, las condiciones de creación y producción de bienes culturales. Es porque el acceso a la cultura es un derecho básico de la ciudadanía como el derecho a la educación, a la salud. El estado no debe optar por la omisión, evadir responsabilidades, entregando así la política cultural a los caprichos del mercado porque el mercado no es todo, su lógica siempre es regida por la ley del más fuerte. Las políticas culturales deben ser intervenciones como caminos. Parte del proyecto de una construcción de una nación realmente democrática, plural, tolerante, parte de un proyecto creativo. Brasil no puede seguir siendo sinónimo de una aventura generosa y siempre interrumpida. No puede seguir siendo un país de esclavos que temen ser hombres libres. Tenemos que completar la construcción de la nación, incorporar segmentos excluidos, reducir las desigualdades que nos atormentan, o no tendremos como recuperar nuestra dignidad interna, como afirmarnos en el mundo, como sustentar el mensaje que tenemos para dar a este planeta siendo una nación que se prometió a si misma el ideal más alto que se puede proponer una colectividad: el ideal de la convivencia y la tolerancia entre seres y lenguajes diversos. El papel de la cultura en este proceso es central.
ENTREVISTA A GILBERTO GIL
–¿Cuál es entonces el rol del Ministerio de Cultura?
–Nuestra tarea es promover y dar lugar a la riqueza cultural de los pueblos, en toda su diversidad. No es para dar, proveer, regalar que estamos trabajando, no es que haya que venir a decirle a la gente, por ejemplo, que tiene que leer: el deseo de leer tiene que nacer desde la gente, y nosotros tenemos que ser capaces de crear las condiciones para que ese deseo pueda ser satisfecho. Ese es el principal problema que hoy atraviesan nuestros pueblos: lo que falla no es la cultura, es la economía, los cruces de intereses, de poderes.
–Recientemente hubo un debate a raíz de las declaraciones del ministro de Cultura argentino, que dijo que en un país en crisis hay urgencias más prioritarias que la cultura. ¿Qué opina de esta postura?
–No estoy al tanto de ese debate, pero creo que lo que quiso decir Torcuato tiene que ver con lo que acabo de decir yo. Que hay situaciones en las que no puede darse la interacción cultural, y eso es por causa de la economía, de cambios estructurales en la dimensión práctica de la vida. En momentos en que la economía está en crisis, el hombre pasa a pensar un poco más en la naturaleza, en comer y mantener su vida física, y su vida simbólica queda un poco relegada, se desequilibra la relación entre naturaleza y cultura.
JOSE FEINMAN
EN DEFENSA DE LA CULTURA
Si un chico, en un aula escolar del conurbano o de Jujuy, se desmaya porque está mal alimentado, porque tiene frío o porque tiene una gripe devastadora, pareciera idiota ponerse a hablar de la programación del Teatro San Martín. Si un pibe no come, no tiene neuronas. Si no tiene neuronas, no aprende a leer. Si tenemos miles y miles y muchos miles de pibes que no saben leer, ¿por qué habríamos de publicar novelas, hacer cine, pintar o enseñar algo tan arduo como la filosofía? En términos elementales, de una elementalidad que injuria a un tema tan trascendente, se ha planteado, desde algunos ámbitos oficiales, el tema de la “cultura” enfrentándolo al de la pobreza. El sorprendente Torcuato DT pareciera haber declarado que la “cultura no tiene prioridad para el Gobierno ni para mí”. Lo grave es la identificación de la cultura con lo lo “superfluo”, el “lujo que no podemos darnos” y aun con “la pérdida de un dinero que debemos derivar a necesidades más urgentes”. Todo está mal planteado. Y plantear mal un problema es la imposibilidad de resolverlo, dado que es la imposibilidad de pensarlo.
Vuelvo a ese pibe que se desmaya de hambre en el aula. “Todo” parece superfluo frente a eso. Sartre, conmovedoramente, dijo cierta vez que ante un chico que tiene hambre La náusea no vale nada. Lo criticaron a morir. Lo criticaron, sobre todo, mediocres que estaban irremediablemente lejos de escribir, alguna vez en sus vidas idiotas, una novela como La náusea.
No se trata de elegir entre el hambre de los niños o la cultura. Un país es una totalidad, siempre abierta, siempre creándose. Alimentar a los niños pertenece a la esfera económico-social. También a los derechos humanos. Educar a los niños, luego de alimentarlos, pertenece a la esfera de la “educación” que no es la “cultura”. Cuando Sarmiento decía “educar al soberano” no decía “hacerlo culto”, decía: “educarlo. Enseñarle a leer, a escribir, a sumar, a restar y a multiplicar y dividir. “Alfabetizar” es la primera medida de todo sistema político que se precie. La Revolución Cubana ha sido, en este sentido, ejemplar. Ante todo, la educación. La educación es el camino a la cultura. Si un pibe no sabe leer no va a leer a Shakespeare ni a Tito Cossa. Y la “educación” ya es parte de la “cultura”. De modo que decir “no nos importa la cultura porque hay hambre en el país” es no entender (no entender gravemente) que el primer paso de la cultura es educar a los hambrientos, darles armas para la vida, para que lean, escriban y piensen. Esto es tan importante como alimentarlos. Es parte de una misma tarea. Si yo alimento a los que tienen hambre, pero no los educo, no voy a tener, es cierto, hambrientos, pero voy a tener analfabetos, otra forma (y terrible) del hambre y de la derrota decretada desde el inicio.
¿Cómo va a renunciar América latina a una cultura? Necesitamos las dos caras de esa empresa nacional: la educación y la cultura. La educación (alfabetizar a los hambrientos: darles de comer, junto con la comida, la “otra” comida esencial, la de educarlos) es un puente hacia la cultura. Sin cultura nacional no habrá país. O habrá un territorio sin identidad. Todo esto se hace a la vez. Si esperamos saciar el hambre para ocuparnos de la cultura, pasarán años. La tarea es simultánea. Alimentar y educar a los que padecen hambre. Con un objetivo: llevarlos al mundo del trabajo y al de la cultura del país. Pero la cultura está en peligro. Nos la quieren borrar. Y si nos la borran ya nada tendrá sentido. Ni siquiera alimentar ni educar a los hambrientos. Porque lo que hace hombres a los hombres es el ámbito del espíritu. No somos animales, somos seres culturales.

